Introducción: Hablar, no siempre es entender
Hay una frase popular que dice: “Hablando se entiende la gente”. Durante mucho tiempo la escuché como una verdad incuestionable. Sin embargo, hoy no estoy tan segura.
Hablar no siempre garantiza comprensión. Y muchas veces, incluso, puede generar mayor distancia.
No escribo esto desde la postura de quien tiene la razón. Al contrario, lo hago desde la reflexión personal, intentando expresar lo que pienso y siento respecto a algo que me parece profundo y complejo: la manera en que interpretamos las palabras.
Las palabras como símbolos
Las palabras son símbolos. Y como todo símbolo, necesitan ser interpretadas; la situación es que esa interpretación, en algunas ocasiones, es neutra.
Cada persona escucha desde su historia, sus creencias, , sus aprendizajes y su estado emocional del momento. Lo que para alguien es una aclaración, para otro puede sentirse como crítica. Lo que para uno es honestidad, para otro puede percibirse como ataque.
No siempre reaccionamos a lo que el otro dijo. Muchas veces reaccionamos a lo que creemos que quiso decir.
Creencias: El filtro invisible
Detrás de cada interpretación hay un sistema de creencias. Y las creencias determinan cómo percibimos la realidad.
Si alguien tiene la creencia —consciente o inconsciente— de que suele ser juzgado, escuchará juicio donde quizá solo había una observación.
Si alguien está acostumbrado a defenderse, escuchará amenaza incluso en un comentario neutro.
Así, la comunicación deja de ser un intercambio claro, y se convierte en un diálogo entre filtros.
Por eso, en ocasiones, parece tan complejo comunicarse. No estamos dialogando solo con palabras; estamos dialogando con estructuras internas profundamente arraigadas.
Hablar más, no siempre es comunicar mejor
Otro aspecto que dificulta la comunicación es el desequilibrio entre hablar y escuchar. Hay personas que hablan mucho y escuchan poco. Hay otras que escuchan solo para responder, no para comprender. Y también están quienes tienen conceptos tan solidificados que no permiten que nada nuevo entre.
Cuando la mente está rígida, la escucha se vuelve selectiva. Se oye solo aquello que confirma lo que ya se cree y, entonces, la esencia de lo que se desea expresar se pierde.
Yo soy yo, tú eres tú
Hay algo que considero fundamental: Yo soy yo. Tú eres tú.. entre ambos, existe un espacio y, ese espacio, puede llenarse de suposiciones o de curiosidad. Puede llenarse de defensa o de apertura.
No se trata de pensar igual. Se trata de permitir que el otro exista con su diferencia sin sentir que esa diferencia amenaza mi identidad.
Quizá la comunicación madura no consiste en evitar el conflicto, sino en sostenerlo con consciencia.
Más allá de las palabras
Tal vez, el verdadero entendimiento no nace solo de hablar. Nace de la intención con la que hablamos y de la disposición con la que escuchamos.
Hablar con presencia. Escuchar sin anticipar. Preguntar antes de concluir. Revisar nuestras propias interpretaciones antes de reaccionar; porque al final, la comunicación, no es solo intercambio de información; es un encuentro entre dos mundos internos y cuando esos mundos se miran con respeto, incluso las diferencias pueden convertirse en puente.
Conclusión
La comunicación no es simple. Las palabras pueden aclarar… pero también pueden confundir. Pueden unir… o separar.
No basta con hablar. Hace falta consciencia.
Y quizá el verdadero entendimiento no surge cuando todos piensan igual, sino cuando cada uno se responsabiliza de cómo interpreta, cómo responde y desde dónde elige comunicarse.
Y tú…
¿Escuchas para comprender… o escuchas para confirmar lo que ya crees?
¿Te atreves a escuchar sin interpretar?

